No hay nada.

Está en la cama soñando con una habitación oscura llena de aparatos electrónicos. Negro. Se lleva un buen rato observando los detalles que ese sueño creó en aquél cuarto. No sabía exactamente qué es lo que había dentro, lo único que sentía era frío. De repente, un cúmulo de sonidos lejanos suena. Toda la habitación se desvanece en su mente. Abre los ojos y cree que está ciego, pero la pequeña luz de la farola blanca delante de su ventana hace que sus pupilas se encojan varios milímetros. Con un simple toque apaga la alarma y se deja llevar por aquella sensación de cansancio que le provoca el levantarse diariamente a las siete menos dos minutos de la mañana para ir al instituto.

Sin darse cuenta acaba de salir de la puerta de su casa, desayunado, duchado y preparado para comenzar con la rutina. Un camino largo y oscuro le espera hasta la estación de los autobuses. Quizá sea lo mejor del día. Se pone los cascos y enciende el mp3. Se olvida de todo cuando pulsa el play.

Por la mitad del camino el frío se apodera de su cuerpo y comienza a nevar fuertemente. Blanco y gris. Decide tomar una decisión distinta hoy. La música le hace desatender sus obligaciones cotidianas. Todas las preocupaciones han desaparecido. Está totalmente poseído por todo, menos por lo importante. Su cara cambia, sus ojos se abren y la realidad toma otra forma. Peculiar. Diferente. Distinta. Sin darse cuenta está sentado en la arena de la playa, mirando el romper de las olas. Su rugido apenas se escucha por el fuerte volumen de la música. Ahora ya no hay padres, ya no hay instituto, ya no hay obligaciones, amigos ni enemigos. Lo único que hay es nada. Sin embargo, algo le hace pensar en su casa. Algo le hace volver a la “realidad”. Decide retomar el camino de vuelta y pedirle a su padre para que le lleve a clase, porque el autobús está perdido. Parece que se lamenta de todo lo que ha hecho en esa media hora.

Son las ocho de la mañana. Se para enfrente de su puerta, a punto de llamar. Hace mucho frío, y un cambio de acorde en la canción hace que vuelva a la playa. Hoy es el día en el que cualquier idea que su mente baraja para elegir, él toma la más desequilibrada.

La nieve lo cubre todo. Su ropa no le basta para no sentir el frío en la espalda. Entonces empieza a correr. Tiene frío. Le gusta correr y tener frío. Sonríe. Llega a la playa. Mira el cielo y está cubierto de nubes cada vez más negras. Deja de nevar. Se sienta y observa el mar de nuevo. No piensa en nada. Una gota fría de agua le moja la mejilla. Se da cuenta de que empieza a llover. Se levanta y coge la mochila. Contempla el goteo. Gris, blanco y negro. Lluvia torrencial. La música le ayuda a cerrar los ojos. Se duerme…

Abre los ojos. Hay mucho ruido. Ya no hay música. Se quita los cascos. Hay sol. No hay nieve. No hay lluvia. La sensación de haber desaparecido de su vida se apoderó de sus sentidos. Se levanta y su mochila ya no está. Le da igual, todo lo que había dentro, para él, en ese momento, era basura. Avanza dos pasos y muchas personas fijan la mirada en él. Se sentía blanco, parece que alguien le ha pintado sin acabar su cara. No sabe por qué. Ruido. Mira a la derecha y ve un autobús. Está sobre la arena de la playa. Se para y él se acerca. Lo mira y se abre la puerta delantera. Se sube. No hay chófer. No hay nadie. Solo dos filas con sillas. No ve el fondo del autobús. Se sienta delante de la segunda puerta, donde está la escalera. No sabe qué hacer. Piensa. El autobús comienza a moverse. Mira el mar a la derecha, y cada vez hay más olas. El autobús acelera y la arena se hace cada vez más oscura. Negra. Hay niebla. No puede ver a más de cinco metros. Sus ojos aparentan derretirse. El autobús se para. Se abre la segunda puerta y no ve nada, todo borroso. Está asustado. Baja. Su corazón late cada vez más fuerte. Personas gritando y arrastrándose por el suelo. Su cabeza no puede recoger toda la información que sus ojos le transmite. Tiene miedo. Solo se escuchan gritos. Ruido. Se mira la mano derecha y cae al suelo. Negro. Es feliz. Siente un dolor en sus ojos. Los cierra, respira hondo y se sumerge en el todo.

Ya no hay gritos. Ya no hay mar. Ya no hay nada…

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¿Eres aquella gota de lluvia?

¿Eres aquella gota de lluvia? Caes y me dejas la mejilla mojada, mientras mis ojos cristalinos reflejan el cansancio que provoca mirar cómo tantas gotas de esperanza salpican en el charco de mi vida. Mataría por convertirme en lluvia por una noche y sentir el alma frío de tu mundo. Porque tus manos son frías. Las siento en mi espalda, me doy la vuelta y desapareces. Me pongo los cascos y te escucho. Me olvido de ti, y apareces. Me mojas la mente, y te vas. Vuelves para despedirte, y me voy corriendo… Porque la vida solo te salpica experiencias mojadas, porque el sol nunca amanece. ¿Eres aquella gota de lluvia? ¿Aquella que permanece hasta con sol?

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Te he elegido a tí


La cogió de la mano y se la llevó de paseo. Mientras el mar se acercaba y el frío helaba sus ojos, le dijo: “Te he elegido a tí.” Ella sonrió, y le dio lo que necesitaba, un abrazo armónico de notas. Subió el volumen y se sumergió en su mar. Unos minutos después, el Sol se ocultó y él seguía ahogado. Se quitó los cascos y la abandonó por un momento. Respiró hondo y se fue. Llegó a casa, encendió la lámpara y cogió el lápiz. Ella susurró desde dentro y él le dijo que sí. Un sí sincero, porque era ella, y la conocía desde hace mucho tiempo. Había estado ahí por él, cada vez que lo necesitaba. Ella era la única con la que podía olvidarse de todo aquello que a él le provocaba asco y desprecio, y una pérdida de tiempo. Porque ella era el árbol que él respiraba todos los días. Las paredes de su habitación cada vez que ella hablaba se convertían en sus oídos, y cada articulación de las notas de su voz, él las escuchaba atentamente. Cómo se aferraba a ella… La necesitaba diariamente para poder vivir. Entonces un ruido penetró en su oído izquierdo, paró, y se fue escaleras abajo.

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